Hay una frase que se repite cada vez con más fuerza en redes: “2026 es el nuevo 2016”. No es solo un meme ni una nostalgia gratuita. Es una sensación compartida, casi colectiva, de querer volver a un momento que hoy recordamos como más libre, más caótico y, curiosamente, más feliz.
Entre 2016 y 2019 todo parecía menos calculado. No nos daba pena usar colores intensos, mezclar estampados imposibles o salir a bailar sin pensar en cómo se vería en cámara. Éramos menos conscientes de la estética y más conscientes del momento. No existía la obsesión por lo “perfectamente curado”. Bastaba con vivir.
Entonces, ¿por qué hoy miramos esos años con tanta añoranza?
La nostalgia no es solo un recuerdo bonito: es un refugio emocional. En un presente marcado por la incertidumbre, la sobreexposición y la presión constante por gustar, volver mentalmente a esos años se siente seguro. Recordamos un tiempo en el que no todo estaba mediado por la aprobación digital, en el que no había que pensar si algo era aesthetic antes de disfrutarlo.
Idealizamos el pasado porque el presente nos exige demasiado.
Hoy, la estética dominante es neutra, minimalista, silenciosa. Todo es beige, blanco roto, madera clara. Todo debe verse “bien” antes de sentirse bien. Hemos pasado de una estética expresiva a una estética aceptable. De hacer cosas que nos hacían felices a hacer cosas que se ven bien en una cuadrícula.
Y eso no solo se refleja en la moda, sino en la forma en la que salimos, celebramos, nos mostramos y hasta nos movemos. Bailar sin vergüenza parece un acto de rebeldía. Vestirse con color, una declaración política.
No es casualidad que esa nostalgia también se manifieste en los regresos. Muchas de las figuras que marcaron el pulso cultural entre 2016 y 2019 están viviendo hoy una segunda ola de relevancia. Kylie Jenner vuelve a generar conversación con un maquillaje que recupera el dramatismo, el contour y una sensualidad sin disculpas; Kendall Jenner reafirma su estatus de supermodelo mientras el Victoria’s Secret Fashion Show regresa, como si el sistema necesitara volver a creer en el espectáculo. En la música ocurre lo mismo: Miley Cyrus y Demi Lovato reaparecen desde un lugar más honesto, menos calculado, retomando narrativas que alguna vez fueron intensas, imperfectas y profundamente humanas. Más que simples comebacks, estos regresos funcionan como espejos: nos recuerdan una época en la que el exceso no era un error y la expresión no necesitaba permiso.
Tal vez 2016 no era objetivamente mejor. Tal vez éramos más jóvenes, más ingenuos, menos cansados. Pero lo cierto es que había menos miedo al ridículo y menos autocensura. No todo estaba pensado para ser validado. No todo tenía que ser contenido.
Por eso, cuando hoy hablamos de que “queremos volver”, no hablamos de una fecha exacta. Hablamos de recuperar una forma de vivir: más espontánea, más imperfecta, más viva.
La tendencia de que “2026 es el nuevo 2016” no busca copiar looks ni revivir playlists. Busca recuperar la libertad estética y emocional que dejamos atrás. Volver a permitirnos el color, el ruido, el exceso. Volver a hacer cosas solo porque nos hacen felices, no porque se ven bien.
Quizás no se trata de regresar al pasado, sino de dejar de vivir el presente con tanto filtro.
Porque al final, lo que extrañamos no es una época: es la versión de nosotros mismos que no tenía miedo de brillar.




