Durante años, la clean girl aesthetic fue el estándar no oficial de lo que “se veía bien”. Piel perfecta, maquillaje casi invisible, ropa neutra, siluetas limpias, el mismo moño bajo, la misma paleta beige. Era pulido, sí. Pero también era silencioso. Y en 2026, ya no queremos silencio.
Este año marca un punto de quiebre. No porque la estética clean sea mala, sino porque dejó de sentirse auténtica. Nos cansamos de encajar en un molde que no nos representa a todas. Nos cansamos de vernos iguales. Nos cansamos de sentir que “menos es más” cuando, para muchas, más es identidad.
La moda vuelve a ser un lenguaje personal. Aparecen capas, texturas, combinaciones inesperadas, piezas que cuentan historias. Vestirse deja de ser verse “correcta” y pasa a ser verse real. No se trata de llamar la atención: se trata de reconocerse en el espejo.
Lo mismo pasa con el maquillaje. La piel ultra perfecta empieza a aburrir. Vuelven los ojos marcados, los labios con intención, el color, el brillo, incluso el caos. El maquillaje deja de esconder y empieza a expresar. No es “me maquillo para verme limpia”, es “me maquillo para verme yo”.
Y el clean look como aspiración de vida también se agota. Ya no queremos rutinas imposibles, casas impolutas, vidas minimalistas solo para Instagram. Queremos desorden, personalidad, contradicciones. Queremos ser muchas cosas a la vez sin tener que explicarnos.
En 2026, la estética se mueve hacia la autenticidad. Hacia lo imperfecto, lo personal, lo que no sigue reglas claras. Vestirse, maquillarse y mostrarse vuelve a ser un acto de libertad, no de validación.
No es el fin de la clean girl. Es el inicio de una era donde no hay una sola forma de verse bien. Y sinceramente, ya era hora.




