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Hay colores que pasan desapercibidos, pero que, si los miramos con atención, cuentan historias profundas sobre quiénes somos y cómo vivimos. En muchos barrios de Latinoamérica, uno de esos colores es el verde menta: un tono suave que ha estado presente en paredes, fachadas y salas de miles de hogares durante décadas.

Lo curioso es que todos lo hemos visto desde niños, pero muy pocas veces nos detenemos a preguntarnos cómo llegó a convertirse en uno de los colores más comunes de la vivienda popular en la región.

La respuesta comienza con algo muy simple: la economía.

Durante muchos años, los pigmentos utilizados para crear tonos pastel fríos como el verde aqua o el verde menta requerían menos concentración de colorante para producirse. Eso hacía que fueran más baratos de fabricar y más accesibles en el mercado. En muchos hogares latinoamericanos, donde el presupuesto para mejorar o pintar la casa es limitado, la decisión no suele ser estética sino práctica:

¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto rinde?

Ese simple criterio fue suficiente para que este color empezara a repetirse en comunidades enteras.

Pero la historia no termina ahí. En los años noventa, algunos programas de mejora de vivienda en América Latina comenzaron a distribuir pintura a comunidades de bajos recursos. En México, por ejemplo, existe registro de iniciativas gubernamentales que entregaron miles de galones de pintura en tonos similares al verde menta.

Situaciones parecidas ocurrieron en países como Honduras, El Salvador o Guatemala, donde los proyectos de vivienda social trabajaban con paletas de color estandarizadas y de bajo costo.