Skip to main content

Hay algo difícil de explicar en estar a punto de cumplir 20. No es una crisis evidente ni una tristeza constante, pero sí una sensación que aparece en momentos muy específicos, casi siempre sin avisar. Puede ser mientras estás viendo tu galería y te encontrás con fotos de hace apenas cuatro años, o cuando un olor te transporta de golpe a un salón de clases, a un recreo, a una tarde cualquiera después del colegio. Y entonces pasa: te invade una nostalgia que no parece tener sentido, porque no estás recordando algo lejano, estás extrañando algo que pasó hace muy poco.

Hace nada tenías 16. Y, sin embargo, se siente como si fuera otra vida.

La versión de vos que ya no sos (pero todavía sentís cerca)

A los 16 todo era un ensayo constante. Probabas versiones de vos misma sin pensarlo demasiado: el pelo, la ropa, la forma de hablar, incluso la manera de sentir. Había una libertad en no tener todo claro, en no tener que ser definitiva. Las decisiones no pesaban tanto porque siempre había margen para cambiar, para equivocarte, para reinventarte al día siguiente. Y aunque en ese momento muchas cosas dolían, también había una intensidad que hacía que todo se sintiera más vivo, más auténtico, más inmediato.

Hoy, en cambio, hay algo que cambió. No es que ya tengas todo resuelto, pero sí hay una conciencia distinta. Empezás a pensar más en el futuro, en lo que querés hacer, en quién querés ser, y esa misma conciencia, aunque necesaria, también trae un tipo de peso que antes no existía. De pronto, las decisiones parecen más permanentes, los errores más importantes, y la vida empieza a sentirse un poco menos como un experimento y un poco más como algo que “debería” tener dirección.

Y es en medio de todo eso donde aparece esta nostalgia prematura. Prematura porque no debería doler tanto algo tan reciente, porque en teoría todavía estás en la etapa “joven”, porque apenas estás empezando. Pero igual duele. Porque no estás extrañando solo momentos, estás extrañando cómo eras dentro de esos momentos.

Extrañás la versión tuya que vivía sin tanta comparación, sin tanta autoexigencia, sin esa voz constante que ahora analiza todo. Extrañás la ligereza de no saber, de no tener que entenderlo todo, de simplemente estar.

Y lo más extraño es que esa versión no está completamente lejos. No es como mirar la infancia, que se siente casi como un recuerdo ajeno. Esto es diferente. Es cercano, reconocible, casi alcanzable… pero ya no es tu presente. Y esa cercanía es lo que lo hace más difícil, porque te das cuenta de que el cambio no fue drástico, fue silencioso. Pasó sin que lo notaras del todo.

Crecer también es aprender a sostener lo que ya pasó

Sin embargo, hay algo valioso en sentir esta nostalgia. Aunque incomode, aunque a veces te haga cuestionarte si estás perdiendo algo, también es una señal de que viviste esos años de verdad. Que estuviste presente, que sentiste intensamente, que construiste recuerdos que hoy tienen peso porque importaron. No todo el mundo tiene memorias que lo muevan así.

Tal vez crecer no se trata de dejar de sentir nostalgia, sino de aprender a convivir con ella sin que opaque lo que estás viviendo ahora. Entender que cada versión tuya tiene su propia forma de ser especial, incluso si en el momento no lo notás. Porque así como hoy extrañás a la de 16, es muy probable que en unos años mires hacia atrás y sientas lo mismo por esta etapa en la que estás ahora.

Y entonces todo cobra otro sentido.

Porque quizás la nostalgia no es una señal de que algo se terminó, sino de que algo fue tan real que dejó una marca. Y aunque no puedas volver a ser esa persona exactamente igual, sí podés llevar contigo lo que te hacía sentir tan viva en ese momento.

Al final, cumplir 20 no significa dejar de ser quien eras, sino empezar a entender todas las versiones que fuiste… y aprender a querer también en quién te estás convirtiendo, incluso si todavía no tenés todas las respuestas.