La haute couture siempre ha sido un territorio exclusivo, casi mítico. Un espacio donde el tiempo se mide en horas de trabajo manual, donde el cuerpo es el centro y la prenda una obra irrepetible. Esta temporada en París, lejos de sentirse como un ritual fuera de época, la alta costura se está mostrando más viva que nunca.Las propuestas vistas hasta ahora no solo celebran el oficio, sino que lo reinterpretan desde la emoción, la modernidad y la necesidad urgente de volver a creer en la magia de la moda.
Entre romanticismo, teatralidad, herencia y experimentación, cuatro casas lograron algo poco común: dejarnos literalmente con la boca abierta.
Chanel: la poesía de lo cotidiano
Para su primera colección de alta costura en Chanel, Matthieu Blazy tomó una decisión tan sencilla como radical: devolver la couture a la vida real. En lugar de pensar únicamente en bodas reales o alfombras rojas, siguió el principio original de Gabrielle Chanel: crear ropa para mujeres que viven, trabajan, salen, aman.
El resultado fue una colección profundamente delicada y sorprendentemente cercana. Trajes sastre transparentes en organza rosa pálido, bordados tan ligeros que parecían flotar, y detalles que solo se aprecian de cerca o mejor aún, al tacto revelaron una artesanía casi etérea. La inspiración poética, tomada de un poema breve japonés, impregnó toda la propuesta de una intención introspectiva, como un domingo por la mañana suspendido en el tiempo.
Las aves, símbolo de libertad y movimiento, se convirtieron en el hilo conductor: plumas, incrustaciones de nácar, criaturas del bosque esmaltadas y bordados personalizables que permitían a las clientas dejar su huella íntima en cada prenda. En un mundo acelerado y ruidoso, Blazy ofreció una pausa necesaria, romanticismo y esperanza. Chanel, hoy, está en manos excepcionalmente sensibles.
Schiaparelli: la liberación del exceso
Si Chanel habló en susurros, Schiaparelli gritó con una elegancia feroz. Daniel Roseberry entendió perfectamente el momento histórico que atraviesa la alta costura: con menos casas activas y nuevas incorporaciones al calendario, era su turno de afirmar poder creativo.
Inspirado por su visita a la Capilla Sixtina, Roseberry construyó una colección basada en la tensión entre control y explosión. Estructura rigurosa por un lado; fantasía intensa por el otro. Aquí no hubo flores delicadas ni referencias románticas y campestres. Schiaparelli apostó por la fauna, por cuerpos híbridos, por siluetas que parecían vivas y ligeramente inquietantes.
Colas de escorpión emergiendo de chaquetas perfectamente cortadas, alas que brotaban de vestidos negros, púas, garras y formas orgánicas convertidas en ornamento. Todo resultaba extraño, poderoso y magnético. Esa es, precisamente, la fuerza de Schiaparelli: hacer que lo bello sea aún más irresistible cuando roza lo raro. La alta costura, en manos de Roseberry, no busca agradar: busca provocar.
Dior: tradición en movimiento
El debut de Jonathan Anderson fue un ejercicio de ruptura inteligente. Consciente del peso histórico de la casa y del legado de John Galliano, Anderson eligió no imitar, sino dialogar con el pasado.
Su propuesta se alejó de la estructura tradicional para explorar estructuras ligeras, drapeados manuales y, de forma inesperada, el knit como territorio couture. Vestidos, suéteres y piezas híbridas demostraron que la alta costura puede ser cómoda, moderna e incluso cool, sin perder complejidad técnica.
Más allá de las prendas, Anderson dejó clara su visión: la couture como un oficio en peligro de extinción que debe protegerse. En un atelier sin máquinas de coser, donde cada chaqueta se construye completamente a mano, la moda recupera su carácter casi mágico. Dior no solo presentó una colección, sino una declaración sobre por qué la alta costura sigue importando.
Rahul Mishra: la poesía de los elementos
Si hubo una colección que trascendió lo visual para entrar en lo filosófico, fue Alchemy de Rahul Mishra. Inspirada en los cinco elementos tierra, agua, fuego, aire y lo invisible, la propuesta fue una meditación profunda sobre la naturaleza, el tiempo y la fragilidad de lo esencial.
Con la ayuda de artesanos indios extraordinariamente hábiles, Mishra tradujo conceptos científicos y espirituales en prendas cargadas de simbolismo. La tierra apareció como formas oscuras y cósmicas; el agua, en explosiones de brillo cristalino; el fuego, en llamas bordadas con actitud; el aire y lo invisible, en transparencias que casi desaparecían sobre el cuerpo.
Más que una colección, Alchemy fue una experiencia sensorial, nacida de un retiro en el Himalaya y de una reflexión sobre aquello que damos por sentado: respirar, sentir el sol, caminar sobre suelo fértil. Couture como recordatorio, como ritual, como acto de conciencia.
Esta semana en París dejó algo claro: la alta costura no está muriendo, está mutando. Entre poesía, provocación, herencia y espiritualidad, los diseñadores demostraron que el verdadero lujo no es solo el exceso, sino la intención, el tiempo y la emoción. En un mundo saturado de imágenes rápidas, la haute couture sigue siendo ese espacio donde la moda se permite y nos permite volver a soñar.




