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Admiramos a Alysa Liu no solo por lo que hace sobre el hielo, sino por lo que se atrevió a hacer fuera de él.

Desde niña, su vida estuvo marcada por la disciplina, la excelencia y la presión de ser “la promesa”. Entrenamientos interminables, expectativas enormes y un talento que parecía no tener pausa. Patinó como si el mundo se lo pidiera todo… hasta que un día decidió parar.

Su retiro no fue un fracaso, fue un silencio necesario. Un espacio para descubrir quién era cuando no estaba compitiendo, cuando no había medallas ni jueces. En ese tiempo aprendió otras cosas: a escucharse, a equivocarse sin público, a existir sin rendimiento. Y fue justo ahí lejos del hielo donde entendió algo esencial: no había dejado de patinar porque ya no lo amara, sino porque lo había olvidado.