Admiramos a Alysa Liu no solo por lo que hace sobre el hielo, sino por lo que se atrevió a hacer fuera de él.
Desde niña, su vida estuvo marcada por la disciplina, la excelencia y la presión de ser “la promesa”. Entrenamientos interminables, expectativas enormes y un talento que parecía no tener pausa. Patinó como si el mundo se lo pidiera todo… hasta que un día decidió parar.
Su retiro no fue un fracaso, fue un silencio necesario. Un espacio para descubrir quién era cuando no estaba compitiendo, cuando no había medallas ni jueces. En ese tiempo aprendió otras cosas: a escucharse, a equivocarse sin público, a existir sin rendimiento. Y fue justo ahí lejos del hielo donde entendió algo esencial: no había dejado de patinar porque ya no lo amara, sino porque lo había olvidado.
Volver fue una elección distinta. No desde la obligación, sino desde el deseo. Hoy, cada rutina suya se siente más libre, más honesta, más viva. Como si patinara no para demostrar, sino para expresarse.
Y ahí es donde su historia nos toca a quienes creamos.
Como artistas, también necesitamos a veces desconectarnos. Alejarnos del ruido, de las métricas, de la presión constante de producir. No porque hayamos perdido la pasión, sino porque la creatividad también se cansa. Porque el amor por lo que hacemos necesita espacio para respirarse.
Alysa nos recuerda que pausar no es rendirse. Que irse puede ser parte del camino. Y que volver cuando es desde el amor siempre se nota.
Patinar, crear, vivir: todo se parece más de lo que creemos.




