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El show de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl 2026 no fue simplemente un espectáculo musical; fue una intervención cultural de una escala pocas veces vista en la historia del entretenimiento global. Desde el primer segundo, quedó claro que no se trataba de un show diseñado para complacer, sino de una narrativa cuidadosamente construida para ocupar espacio, incomodar, honrar y reescribir. En lugar de abrir con fuegos artificiales o coreografías monumentales, el escenario se convirtió en un campo vivo, cubierto de hierba y atravesado por figuras que evocaban trabajadores agrícolas. La imagen, profundamente simbólica, funcionó como un tributo a las plantaciones de azúcar y a la mano de obra que sostuvo la economía puertorriqueña durante generaciones, un recordatorio de que la identidad caribeña nace del esfuerzo colectivo y de una historia que no puede ni debe borrarse.

En ese gesto inicial ya había una declaración de principios: el espectáculo más visto del planeta se transformaba en un espacio de memoria. Bad Bunny no estaba ahí para adaptarse al formato, sino para reconfigurarlo desde la soberanía cultural.

Cantar desde la denuncia: infraestructura, abandono y verdad

Uno de los momentos más poderosos llegó cuando Benito interpretó “El Apagón” elevado sobre un poste eléctrico, una imagen que trascendía lo performativo para convertirse en denuncia directa. El gesto hacía visible, frente a una audiencia global, la crisis energética que ha marcado la vida cotidiana en Puerto Rico, así como la negligencia política que ha permitido que esa precariedad se prolongue por años. La escenografía, en este punto, dejó de ser un recurso visual para convertirse en un dispositivo narrativo que hablaba de infraestructura, abandono y resistencia.

El mensaje era claro y contundente: el entretenimiento también puede ser un espacio de justicia informativa. En medio de luces, música y millones de espectadores, Bad Bunny colocó la realidad de la isla en el centro del escenario, obligando a mirar aquello que con frecuencia se mantiene fuera del foco.

La escenografía como identidad económica

A medida que avanzaba el show, el estadio se transformó en una cartografía íntima de la vida latina. Apareció “La Casita”, surgieron bodegas neoyorquinas, piragüeros y pequeñas tienditas de barrio, no como elementos de nostalgia estética, sino como una representación directa del motor económico que sostiene a comunidades enteras. Estas estructuras, tan familiares para millones de latinos, funcionan como espacios de subsistencia, encuentro y construcción de comunidad, y verlas elevadas al escenario del Super Bowl fue un acto de validación simbólica profundamente significativo.

La economía informal, tantas veces invisibilizada, se convirtió en protagonista. Cada bodega evocaba historias de migración, cada puesto callejero hablaba de trabajo y cada rincón construido sobre el escenario recordaba que la identidad latina también se edifica desde la resistencia cotidiana.

El idioma como territorio cultural

Por primera vez, el halftime se desarrolló mayoritariamente en español, y ese hecho, aparentemente simple, representó un giro cultural histórico. El idioma dejó de ser un elemento secundario para convertirse en el eje del espectáculo. La presencia de figuras como Pedro Pascal, Karol G, Young Miko y Cardi B no se sintió como una suma de celebridades, sino como una afirmación colectiva de la fuerza cultural latinoamericana y de su lugar en la conversación global.

La decisión de no traducir, de no suavizar y de no negociar el lenguaje fue, en sí misma, un acto de soberanía. El mensaje que se transmitía era claro: el mundo puede escuchar en español sin que el español tenga que transformarse para ser entendido.

De Ricky Martin a Benito: una evolución generacional

El encuentro simbólico entre Ricky Martin y Bad Bunny condensó décadas de historia cultural en un solo momento. Ricky representó una etapa en la que lo latino debía traducirse, adaptarse y abrir camino dentro de un sistema que aún no estaba listo para escuchar. Su legado fue el de un pionero que logró insertar la cultura latina en el mainstream global.

Benito, en contraste, representa la etapa de la soberanía plena. Ya no hay traducción, no hay adaptación, no hay necesidad de explicar quién se es. La cultura latina entra al escenario principal con su idioma, su estética y su narrativa intacta. La diferencia generacional no fue una ruptura, sino una evolución visible, una conversación entre dos momentos históricos que permitieron entender cómo cambió la relación entre lo latino y el poder cultural.

Lady Gaga, LUAR y la igualdad cultural sin jerarquías

La aparición de Lady Gaga marcó otro punto de inflexión, especialmente cuando interpretó una versión en salsa de “Die With a Smile”. No se sintió como una apropiación, sino como un gesto de igualdad cultural en el que las fronteras entre lo anglo y lo latino se desdibujaban. Su presencia adquirió aún más significado al vestir un diseño a medida de LUAR, creado por Raúl López, acompañado por un broche de flor de maga, la flor nacional de Puerto Rico. Ese detalle, cargado de simbolismo, funcionó como un homenaje a las comunidades migrantes y a las historias que cruzan fronteras en busca de oportunidades.

La moda, en este contexto, dejó de ser un elemento decorativo para convertirse en una herramienta narrativa. Bad Bunny, por su parte, eligió vestir ZARA, una decisión que hablaba de alcance global y de una conexión directa con el público masivo. A la vez, el lanzamiento de las Adidas Badbo 1.0 dentro del show consolidó la manera en que el artista entiende la moda como una extensión de la identidad cultural, algo que se usa, que circula y que se integra en la vida cotidiana.

Actos políticos en clave íntima

Entre los momentos más emotivos estuvo la representación de una boda interracial y latina en el escenario, una escena que hablaba de mezcla, de pertenencia y de las múltiples formas en que se construye la identidad en América. Poco después, la imagen de un niño dormido introdujo una pausa emocional inesperada, recordando la infancia compartida de millones de familias latinas que crecen entre sacrificios, migraciones y sueños heredados.

Estos gestos, lejos de ser anecdóticos, funcionaron como pequeños manifiestos dentro del gran relato del show, subrayando la dimensión humana detrás de las grandes narrativas culturales.

Redefinir América: un cierre continental

El cierre fue tan simbólico como contundente. Mientras sonaba “God Bless America” (Dios bendiga América) , Bad Bunny nombró países de Norte, Centro y Suramérica, expandiendo el significado de la palabra “América” más allá de una nación específica. En ese momento, el concepto se volvió continental, inclusivo y profundamente político. La frase final, «El único más poderoso que el odio es el amor», resonó como una conclusión emocional y como una declaración de principios que atravesaba todo el espectáculo.

La decolonización del pop

Lo que ocurrió esa noche fue más que un show de medio tiempo. Fue una toma de espacio cultural en uno de los escenarios más tradicionales del entretenimiento global. A través de la música, la moda, el lenguaje y la escenografía, Bad Bunny construyó una narrativa sobre soberanía cultural, resistencia, identidad caribeña y justicia informativa que redefinió el alcance simbólico del pop contemporáneo.

El Super Bowl dejó de ser únicamente un escaparate estadounidense para convertirse, por unos minutos, en un territorio compartido. Y en ese gesto se produjo algo profundamente transformador: el mundo hispanohablante no solo fue representado, sino que se convirtió en el centro del relato. Esa noche, el pop se descolonizó.