Skip to main content

Antes de convertirse en uno de los nombres más influyentes de la industria cosmética, Estée Lauder fue una mujer con una convicción clara: una buena crema podía cambiarlo todo. No solo la piel, sino también la manera en que las mujeres se veían a sí mismas.

La historia de la marca no comienza en un laboratorio de lujo, sino en una cocina, con frascos pequeños, fórmulas hechas a mano y una visión adelantada a su tiempo.

Una fórmula, una intuición y una estrategia

Estée Lauder nacida como Josephine Esther Mentzer aprendió desde joven los principios básicos del cuidado de la piel gracias a su tío, un químico que elaboraba cremas artesanales. Pero lo que realmente la diferenció no fue solo el producto, sino su capacidad para entender a la mujer consumidora antes de que el marketing existiera como lo conocemos hoy.

Estée no vendía cremas: vendía resultados, confianza y rituales. Insistía en probar los productos directamente en la piel de sus clientas, convencida de que la experiencia era la mejor publicidad.

El lujo empieza en el mostrador

Uno de los movimientos más revolucionarios de Estée Lauder fue introducir el concepto de “regalo con compra”, una estrategia que hoy es estándar en la industria, pero que en su momento transformó la relación entre marca y consumidor.

También apostó por los grandes almacenes como espacios de legitimación del lujo, entendiendo que el punto de venta debía ser tan aspiracional como el producto. Cada mostrador era una extensión del universo de la marca.

Una marca construida por mujeres, para mujeres

Desde el inicio, Estée Lauder construyó su empresa con una narrativa clara: la belleza no era superficial, era una forma de autocuidado y poder personal. En una época en la que pocas mujeres lideraban grandes compañías, ella no solo fundó una, sino que la hizo crecer con disciplina, visión y una estética coherente.

Su frase más famosa “Toda mujer puede ser bella” no era un eslogan vacío, sino una filosofía de negocio.

De marca a conglomerado global

Con el paso de las décadas, Estée Lauder dejó de ser solo una firma de cosmética para convertirse en un holding de lujo que hoy agrupa marcas icónicas como La Mer, MAC, Clinique, Jo Malone London y Tom Ford Beauty, entre otras.

El crecimiento no diluyó la esencia: calidad, innovación científica y una imagen aspiracional cuidadosamente controlada.

El legado que sigue marcando la industria

Hoy, hablar de Estée Lauder es hablar de una de las estructuras empresariales más poderosas del mundo de la belleza, pero también de una mujer que entendió algo fundamental: el lujo no nace del exceso, sino de la confianza que una marca construye con quien la usa.

Más que una crema, Estée Lauder creó un lenguaje. Y ese lenguaje sigue definiendo cómo se ve, se vende y se entiende la belleza en el siglo XXI.

Hoy en día Aerin Lauder, nieta de Estée, lo aprendió todo de su abuela. Es la directora de estilo e imagen de la compañía y la fundadora y directora creativa de Aerin, su propia firma.