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Hace unas semanas quería comprar unos lentes nuevos. No estaba pensando en proporciones, funcionalidad ni en cómo iban con mi estilo actual. Tenía una sola idea fija: que se vieran “noventeros”. Sutilmente ovalados, oscuros, sobrios. Algo que pudiera vivir perfectamente en una foto paparazzi de Carolyn Bessette-Kennedy saliendo de un edificio en Nueva York.

Mi referencia no era un diseño técnico; era un imaginario. Minimalismo impecable, silencio visual, misterio. Esa estética que hoy traducimos como “classy”, “old money” o incluso “Love Story”. La fantasía de la elegancia sin esfuerzo, de la mujer que no necesita explicar nada porque todo en ella parece coherente.

Y entonces vi un TikTok de Dani Gschulz y todo hizo sentido.

Ella decía algo simple, pero incómodo: no estamos comprando ropa, estamos intentando apropiarnos de una época. Y en ese momento entendí que yo no quería lentes. Quería una narrativa histórica específica. Quería la sensación de vivir en un mundo más lento, menos saturado, menos expuesto. Quería el contexto que hizo que esos lentes significaran algo.

Cuando una década era identidad, no categoría estética

Para quienes vivieron los noventa, ese estilo no era una tendencia retro; era su identidad; la moda viajaba, claro. Existían influencias globales, pero no había algoritmos acelerando microtendencias ni feeds dictando qué silueta estaba “in” esa semana. Las referencias eran la televisión, las revistas, la cultura pop. Y aun así, todo se movía a otro ritmo. Más orgánico, más íntimo.

Nadie en 1996 decía “quiero verme ochentera”, simplemente estaban viviendo su presente.

El minimalismo de Carolyn no era una recreación nostálgica; era coherente con su entorno social y mediático. Existía dentro de un mundo analógico, con otra relación con la privacidad y la exposición pública. Lo que para ellos fue identidad, para nosotras es estética empaquetada.

La mercantilización de la nostalgia

Hoy las décadas funcionan como etiquetas de consumo: “90s minimal”, “Old money”, “Y2K”, no son solo referencias culturales: son categorías comercializables, simplifican contextos complejos y los reducen a códigos visuales fáciles de vender.

Cuando busco “lentes noventeros”, no estoy describiendo unos lentes; estoy respondiendo a una construcción aspiracional que asocia esa década con sofisticación, discreción y elegancia silenciosa, y eso, claramente, es rentable.

La nostalgia se volvió estrategia, convertir épocas en tendencias crea ciclos de consumo nuevos sobre bases antiguas, no es casual que también compremos muebles “mid-century” sin necesariamente entender que el mid-century modern fue una respuesta cultural de posguerra, una visión optimista del futuro, una revolución en materiales y arquitectura, extraemos la forma, pero dejamos el ecosistema que la hacía coherente.

En moda pasa lo mismo, un slip dress en 1990 no significaba lo mismo que una slip dress en 2026. El entorno cambia el mensaje, el contexto transforma el símbolo.

Identidad vs. apropiación estética

La diferencia es sutil, pero importante, la identidad se construye dentro de un momento histórico vivido. La apropiación ocurre cuando tomamos códigos visuales de otro contexto y los usamos como símbolo aspiracional, sin compartir la estructura social que los originó.

Eso no significa que esté mal mirar al pasado; la moda siempre ha sido cíclica, pero sí implica una responsabilidad creativa: reinterpretar no es lo mismo que simular. Intentar “ser noventera” hoy es distinto a incorporar minimalismo como principio estético contemporáneo.

Y aquí es donde la conversación se vuelve íntima. Tal vez cuando decimos que queremos vernos noventeras lo que realmente buscamos es menos ruido, menos exposición, más coherencia, tal vez queremos sentir que nuestro estilo no depende de una tendencia semanal, sino de una narrativa sólida. No estamos obsesionadas con una década; estamos buscando estabilidad estética en medio del caos digital.

Traducir, no copiar

Después de ver ese TikTok entendí algo esencial: no quería vivir en los 90, quería lo que creo que los 90 representaban y esa diferencia lo cambia todo.

Si lo que realmente buscamos es discreción, podemos traducirla a nuestro presente. Si es simplicidad, podemos construirla desde nuestro contexto hiperconectado, si es elegancia silenciosa, podemos definir qué significa hoy, no en 1996.

No se trata de dejar de inspirarnos en el pasado, sino de dejar de consumir décadas como disfraces temporales, las décadas no son productos, son contextos.

Y quizá el verdadero lujo más que unos lentes sutilmente ovalados perfectos o cambiar todo tu closet, es tener la claridad suficiente para distinguir entre una estética aspiracional y una identidad real, ahí es donde el estilo deja de ser nostalgia y se convierte en postura.