El primer día de Bogotá Fashion Week nos dejó claro algo: la moda latinoamericana está encontrando maneras cada vez más interesantes de contar historias.
Desde propuestas resort sofisticadas, hasta colecciones que jugaron con la nostalgia, la naturaleza, el tailoring y lo futurista, las pasarelas del día uno nos llevaron por distintos universos, cada uno con una identidad completamente marcada.
Vimos marcas que apostaron por el detalle artesanal, otras por siluetas perfectamente construidas y algunas que lograron transportarnos emocionalmente a través del styling, los colores y hasta la puesta en escena.
Y eso fue justamente lo más interesante del día: no se sintió como una serie de desfiles aislados, sino como distintas formas de entender y expresar la moda desde Latinoamérica.
La primera pasarela que vimos fue una de las que más esperábamos: Sixxta.
Con una colección llamada El Viaje, la marca logró sorprender tanto dentro como fuera de la pasarela.
Antes del desfile, llevaron a varias chicas portuguesas a conocer Colombia, sus lugares emblemáticos, la cultura y por supuesto la comida. Entonces, en ese momento, El Viaje dejó de ser solamente el nombre de la colección para convertirse también en la experiencia que estaban construyendo alrededor de ella.
Ya dentro de la pasarela, Sixxta nos transportó completamente a ese universo.
Colores vibrantes, estampados característicos de la marca, texturas, props muy bien pensados y un vibe relajado, divertido y acogedor dominaron toda la colección.
Además, había un elemento que se repetía constantemente: el delfín. Bordado, pintado, estampado e incluso cortado dentro de algunas piezas, terminó funcionando como ese hilo conductor que unía toda la historia que querían contar.
Y honestamente, lo lograron.
La colección sí se sintió como un viaje. Uno donde Sixxta logró transportarnos desde la imaginación, el styling y las emociones tanto dentro como fuera de la pasarela.
Después llegó Old Maquina, presentándonos probablemente una de las propuestas más futuristas del día.
Desde el uso de máscaras en los modelos que podría interpretarse como una manera de dirigir toda la atención hacia la ropa, hasta las texturas, estructuras y patrones, la colección construyó una estética fuerte pero sorprendentemente wearable.
Porque aunque habían piezas mucho más escandalosas, como abrigos oversized o vestidos con siluetas más dramáticas, todo seguía sintiéndose listo para usar fuera de la pasarela y no como un disfraz. Y ahí estuvo precisamente el equilibrio más interesante de la colección.
Luego vimos la pasarela de Ayré, con una propuesta completamente veraniega pero desde un lado mucho más sofisticado y elevado, muy estilo resort.
Vestidos de baño, salidas de playa y vestidos listos para una fiesta convivían dentro de una colección muy bien curada, que iba desde tonos terrosos hasta llegar a un cierre lleno de rojo intenso.
Pero definitivamente, lo que más nos llamó la atención fue el uso de mostacillas. Habían tops, vestidos de baño e incluso vestidos estilo cóctel completamente trabajados con esta técnica, algo que terminó dándole muchísima identidad y esencia a toda la colección. Los brillos, las texturas y el styling lograron construir una propuesta coherente de inicio a fin.
Encantadore nos llevó directamente a una selva tropical.
Con el estampado zebra como protagonista y una mezcla de verdes, azules y prints tropicales, la colección logró sentirse divertida, fresca y completamente inmersiva.
Los accesorios complementaban perfectamente toda la estética y además pudimos ver su colaboración con ISDIN, que terminó encajando muy bien con toda la experiencia visual y el vibe relajado, tropical y veraniego que querían transmitir.
Más adelante llegó Bahía María, con una colección mucho más suave y delicada.
Flores, específicamente margaritas, dominaron la propuesta y honestamente la colección se sentía como si oliera a manzanilla.
Los tonos blancos, amarillos, verdes y algunos acentos en negro crearon una armonía muy bonita entre todas las piezas, mientras que el styling reforzaba completamente esa sensación de paz, suavidad y seguridad femenina que la marca quería transmitir.
Y claramente, la aparición de Meme Cure para cerrar la pasarela terminó de elevar el momento.
Y para cerrar el día, llegó La Petite Mort, cambiando completamente el ritmo de la tarde.
Pasamos de propuestas mucho más relajadas y veraniegas a una colección mucho más estructurada y enfocada en tailoring.
Trajes perfectamente ajustados, confección impecable y un juego de patrones y texturas que, aunque diferentes entre sí, lograban convivir de manera perfecta dentro de la colección.
Lo más interesante fue ver cómo tomaban siluetas cotidianas y clásicas para elevarlas completamente desde la esencia de la marca. Hay algo visualmente muy satisfactorio en ver prendas tan bien construidas y tan cuidadosamente intervenidas.
Y si algo nos dejó este primer día de Bogotá Fashion Week, es emoción por todo lo que todavía falta por ver.
Seguiremos cubriendo, analizando y compartiendo cada pasarela, cada propuesta y todos esos detalles que hacen especial esta semana de la moda.
Así que nos vemos mañana para el día 2.




