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Cuando el amor se vuelve refugio

Hay algo que cambia en el aire cada febrero. No es solo la fecha, ni los planes, ni siquiera las flores. Es una sensación más silenciosa, más íntima, la necesidad de volver a sentir algo cálido como el sol. Y casi sin darnos cuenta, regresamos al mismo lugar de siempre. Encendemos la pantalla y elegimos una comedia romántica.

No importa cuántas veces la hayamos visto, no importa si recordamos cada escena. De hecho, eso es parte del encanto, porque se siente familiar y cómodo. 

En un momento cultural donde los vínculos se sienten más rápidos, más frágiles y a veces más confusos que nunca, las rom-com ofrecen algo que parece simple pero es profundamente necesario: estabilidad emocional. Durante dos horas, todo tiene sentido. El amor puede ser sin sentido, caótico, incómodo, pero nunca imposible. Y esa certeza, especialmente en San Valentín, se siente como un descanso.

La comodidad de saber cómo termina

Hay algo muy particular en elegir una historia cuyo final ya conocemos. En cualquier otro género, eso podría arruinar la experiencia. En las comedias románticas, ocurre lo contrario: la fortalece.

Sabemos que habrá malentendidos, sabemos que alguien dirá algo que no debía. Sabemos que llegará ese momento en que todo parece perdido, pero también sabemos que el amor encontrará la forma de quedarse.

Ese recorrido emocional conocido no nos aburre, nos calma. Nos permite sentir sin ansiedad. Nos permite emocionarnos sin miedo.

Películas como “Cómo perder a un hombre en 10 días” capturan perfectamente ese juego entre el orgullo y la vulnerabilidad. Dos personas que creen tener el control, hasta que el amor los obliga a bajar la guardia. Ella es así nos lleva a ese universo adolescente donde el amor transforma, no desde lo superficial, sino desde la forma en que empezamos a ver al otro.

Y luego están esas historias que acompañan durante años, como “Con amor, Rosie”, donde el amor no es inmediato ni perfecto, sino persistente. Una historia sobre el tiempo, las decisiones y todo lo que pudo haber sido.

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La estética del romance suave

Las rom-com también construyen una estética emocional muy particular. No es el drama intenso ni la tragedia épica, es el amor cotidiano. El que aparece en conversaciones largas, en miradas que duran un segundo más, en silencios que dicen demasiado.

“Mujer bonita” se convirtió en un ícono precisamente por eso, porque transformó una historia improbable en una fantasía romántica cercana, luminosa, casi tangible. “Un lugar llamado Notting Hill” , por su parte, mostró una versión del amor más vulnerable, más humana. No desde la perfección, sino desde la inseguridad, desde ese deseo de ser elegido tal como uno es.

Y aunque no todas las historias tienen finales felices, también hay espacio para los romances que dejan huella desde otro lugar. “Yo antes de ti” nos recuerda que amar también es crecer, cambiar, aprender a soltar, que el amor no siempre significa quedarse, pero siempre significa transformar. Esa mezcla de dulzura y realidad es lo que hace que estas películas se sientan tan cercanas.

Un ritual que se repite cada año

San Valentín intensifica todo, amplifica lo que sentimos y lo que creemos que deberíamos sentir, nos enfrenta con expectativas, recuerdos, comparaciones y preguntas que normalmente evitamos. ¿Estoy donde quiero estar emocionalmente? ¿Extraño a alguien? ¿Estoy esperando algo que todavía no llega?

Las rom-com no responden esas preguntas. Pero nos dan un espacio seguro para tenerlas.

Durante un par de horas, el amor vuelve a ser algo claro, no perfecto, pero sí posible. No idealizado, pero sí sincero. Y eso, en medio del ruido, se siente como un respiro.

Ver estas películas se convierte, sin que lo notemos, en un pequeño ritual, uno que repetimos solos, con amigas, en pareja o incluso sin prestarle demasiada atención. Porque más allá de la historia, lo que buscamos es la sensación.

La sensación de que todo puede estar bien.
La sensación de que alguien se va a quedar.
La sensación de que el amor todavía tiene un lugar en el mundo.

Por eso cada febrero repetimos el mismo gesto sin pensarlo demasiado. Volvemos a las mismas escenas, a los mismos diálogos, a las mismas canciones. No porque necesitemos creer en el amor perfecto, sino porque necesitamos recordar cómo se siente el amor cuando es simple.

Porque sí, debes saber que existe amor en el mundo, porque hay amor en ti.