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Hay parejas que incomodan no por lo que hacen, sino por lo que obligan a cuestionar. Kylie Jenner y Timothée Chalamet son una de ellas. No porque su relación sea extraña, sino porque rompe con una narrativa que muchos siguen necesitando: la del hombre “intelectual” junto a la mujer aprobada por la tradición cultural correcta. 

Cada vez que aparecen juntos, se repiten las mismas preguntas: ¿de qué hablan? ¿qué hace él con ella? El contexto es claro. A él se le referencia profundidad; a ella, superficialidad. El sexismo entra en escena sin pedir permiso.

Chalamet fue durante años el emblema del actor serio, indie, casi intocable. Kylie, en cambio, carga con el estigma de ser estrella de reality, empresaria hipervisual y amante del glamour. Dos universos que, para muchos, no deberían mezclarse. Pero el problema no es la mezcla, sino a quién se le permite ser compleja.

Mientras él es celebrado por abrazar el mainstream y una promoción exagerada para Marty Supreme, a ella se le niega algo básico: la suposición de inteligencia. Como si la belleza, la moda o el dominio de las redes invalidaran cualquier otra dimensión. Una idea antigua, profundamente sexista y todavía muy vigente.

Kylie Jenner ha construido un imperio en un sistema que constantemente la subestima. Y eso, guste o no, requiere estrategia, visión y poder. La historia ya la conocemos: mujeres reducidas a “superficiales” que terminan demostrando que el mundo estaba equivocado.

Tal vez lo que realmente incomoda de esta relación no es que no encajen, sino que nos obliga a mirar nuestros propios prejuicios. A cuestionar por qué seguimos creyendo que un hombre gana profundidad según con quién sale, y que una mujer debe probar su valor más allá de su imagen.