No fue una tendencia. No fue una estrategia. Fue una decisión estética que terminó cambiándolo todo.
En los años 90, Karl Lagerfeld necesitaba un color que no se perdiera frente a la cámara, que tuviera peso, contraste y carácter. Así nació Rouge Noir: un rojo tan profundo que casi parece negro, un tono que no buscaba agradar, sino imponerse.
Cuando Chanel lanzó el esmalte, el efecto fue inmediato. Se agotaba cada vez que volvía a las estanterías. Las manos se volvieron más dramáticas, más cinematográficas. Rouge Noir dejó de ser solo un color para convertirse en un código: oscuro, elegante, ligeramente peligroso.
El tono trascendió la moda y se filtró en la cultura pop. Era el tipo de color que no pedía permiso. El que se recuerda. El que no pasa desapercibido.
Hoy, décadas después, Chanel vuelve a ese gesto original. No para reinventarlo, sino para expandirlo. Rouge Noir ya no vive solo en las uñas: ahora se despliega en una colección limitada de maquillaje donde el rojo y el negro dialogan con precisión casi quirúrgica. Sombras intensas, pestañas profundas, delineados gráficos y, sobre todo, un labial que condensa toda la fuerza del tono original.
No es nostalgia. Es continuidad.
Rouge Noir demuestra que algunos colores no envejecen porque nunca fueron tendencia. Fueron identidad. Y Chanel, una vez más, nos recuerda que la belleza más poderosa es la que se atreve a oscurecer un poco la luz.



