El tercer y último día de Bogotá Fashion Week se sintió distinto.
Después de varios días viendo propuestas completamente diferentes entre sí, hubo algo que empezó a repetirse constantemente en las pasarelas: el deseo de contar historias desde lo emocional, desde el territorio y desde la identidad de cada marca.
Ya no se trataba solo de ropa. Cada colección parecía responder, a su manera, a cómo habitamos el cuerpo, las emociones y hasta el contexto en el que vivimos actualmente.
Y honestamente, eso fue lo más especial de cerrar esta semana de la moda viendo diseñadores latinoamericanos tan conectados con su propia visión creativa, sin intentar parecerse a nadie más.
La primera pasarela que vimos fue la de Atelier Crump, una colección donde la sastrería tomó un lugar completamente emocional.
Inspirada en los ríos invisibles del Amazonas y el ciclo del agua, la colección transformó estructuras clásicas en piezas mucho más sensibles y vulnerables.
Pudimos ver muchísima sastrería, pops de color en los zapatos y cómo poco a poco la colección iba evolucionando hacia vestidos llenos de volumen, texturas y estructuras increíbles.
Habían combinaciones súper interesantes entre prendas tradicionalmente femeninas, como faldas de seda, con blazers oversized, además de transparencias, moños y detalles que hacían que toda la colección se sintiera delicada pero poderosa al mismo tiempo.
Después llegó CULdeBAL, con una propuesta mucho más futurista y experimental.
La colección jugaba con la incomodidad, con lo imperfecto y con todo eso que normalmente tratamos de ocultar. Y justamente ahí estuvo lo más interesante de la propuesta.
Vimos muchísimos estampados, abrigos oversized y una visión del streetwear mucho más conceptual, pero sin perder sofisticación.
Los tonos tierra y las referencias a la naturaleza ayudaban a equilibrar toda esta estética más futurista, creando una colección que se sentía fuerte, diferente y muy segura de sí misma.
Francesca Miranda
Luego llegó Francesca Miranda, con una colección que se sentía elegante, emocional y completamente atemporal.
En su regreso a Bogotá Fashion Week, la diseñadora celebró 25 años de trayectoria con HALO PF26, una propuesta construida desde capas, transparencias, flecos y bordados que cobraban vida con el movimiento.
La colección comenzó desde siluetas mucho más relajadas y cotidianas, para luego evolucionar hacia vestidos mucho más elaborados y detallados, donde las texturas y el trabajo artesanal se convertían en protagonistas.
Los tonos nudes, crema, grises y pequeños acentos de color ayudaban a construir una propuesta delicada, femenina y poderosa al mismo tiempo.
Y para cerrar el último día, llegó Laura Aparicio con una colección donde la dualidad estuvo presente de principio a fin.
La propuesta exploraba constantemente el equilibrio entre lo estructurado y lo fluido, lo femenino y lo masculino, desde una mirada mucho más silenciosa y elegante.
Pudimos ver texturas densas, volúmenes controlados y una paleta de tonos profundos que poco a poco evolucionaba dentro de la pasarela. Algo que llamó muchísimo nuestra atención fue el uso de los pillbox hats, que complementaban perfectamente esta estética sofisticada y poderosa.
La colección lograba transmitir fuerza sin perder suavidad, construyendo una mujer que no busca esconder sus contrastes, sino habitarlos completamente.
Y honestamente, fue un cierre perfecto para este último día.
Y si algo nos dejó esta edición de Bogotá Fashion Week, es la certeza de que el futuro de la moda también está en Latinoamérica.
Como latinos, a veces crecimos pensando que todo lo importante venía del extranjero, pero estas pasarelas nos recuerdan que aquí también hay diseño, visión, creatividad y propuestas capaces de emocionar, contar historias y construir identidad desde nuestra propia cultura.
La moda latinoamericana no necesita parecerse a nadie más para ser relevante. Y justamente ahí está su mayor fuerza.




