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El tercer y último día de Bogotá Fashion Week se sintió distinto.

Después de varios días viendo propuestas completamente diferentes entre sí, hubo algo que empezó a repetirse constantemente en las pasarelas: el deseo de contar historias desde lo emocional, desde el territorio y desde la identidad de cada marca.

Ya no se trataba solo de ropa. Cada colección parecía responder, a su manera, a cómo habitamos el cuerpo, las emociones y hasta el contexto en el que vivimos actualmente.

Y honestamente, eso fue lo más especial de cerrar esta semana de la moda viendo diseñadores latinoamericanos tan conectados con su propia visión creativa, sin intentar parecerse a nadie más.

La primera pasarela que vimos fue la de Atelier Crump, una colección donde la sastrería tomó un lugar completamente emocional.

Inspirada en los ríos invisibles del Amazonas y el ciclo del agua, la colección transformó estructuras clásicas en piezas mucho más sensibles y vulnerables.

Pudimos ver muchísima sastrería, pops de color en los zapatos y cómo poco a poco la colección iba evolucionando hacia vestidos llenos de volumen, texturas y estructuras increíbles.

Habían combinaciones súper interesantes entre prendas tradicionalmente femeninas, como faldas de seda, con blazers oversized, además de transparencias, moños y detalles que hacían que toda la colección se sintiera delicada pero poderosa al mismo tiempo.