El tercer y último día de Bogotá Fashion Week se sintió distinto.
Después de varios días viendo propuestas completamente diferentes entre sí, hubo algo que empezó a repetirse constantemente en las pasarelas: el deseo de contar historias desde lo emocional, desde el territorio y desde la identidad de cada marca.
Ya no se trataba solo de ropa. Cada colección parecía responder, a su manera, a cómo habitamos el cuerpo, las emociones y hasta el contexto en el que vivimos actualmente.
Y honestamente, eso fue lo más especial de cerrar esta semana de la moda viendo diseñadores latinoamericanos tan conectados con su propia visión creativa, sin intentar parecerse a nadie más.
La primera pasarela que vimos fue la de Atelier Crump, una colección donde la sastrería tomó un lugar completamente emocional.
Inspirada en los ríos invisibles del Amazonas y el ciclo del agua, la colección transformó estructuras clásicas en piezas mucho más sensibles y vulnerables.
Pudimos ver muchísima sastrería, pops de color en los zapatos y cómo poco a poco la colección iba evolucionando hacia vestidos llenos de volumen, texturas y estructuras increíbles.
Habían combinaciones súper interesantes entre prendas tradicionalmente femeninas, como faldas de seda, con blazers oversized, además de transparencias, moños y detalles que hacían que toda la colección se sintiera delicada pero poderosa al mismo tiempo.
Después llegó CULdeBAL, con una propuesta mucho más futurista y experimental.
La colección jugaba con la incomodidad, con lo imperfecto y con todo eso que normalmente tratamos de ocultar. Y justamente ahí estuvo lo más interesante de la propuesta.
Vimos muchísimos estampados, abrigos oversized y una visión del streetwear mucho más conceptual, pero sin perder sofisticación.
Los tonos tierra y las referencias a la naturaleza ayudaban a equilibrar toda esta estética más futurista, creando una colección que se sentía fuerte, diferente y muy segura de sí misma.
Luego vimos la pasarela de Laura Aparicio, probablemente una de las colecciones más femeninas del día.
La propuesta empezó desde algo mucho más cotidiano y relajado: capris, blusas suaves y siluetas simples en tonos neutros.
Pero poco a poco la colección fue evolucionando hacia prendas mucho más construidas y dramáticas, hasta llegar a vestidos llenos de brillo, color y flecos.
Y justamente ese contraste fue lo que más nos gustó. Ver cómo una colección podía pasar de lo básico y delicado a algo mucho más expresivo y llamativo sin perder coherencia en ningún momento.
Y finalmente llegó Francesca Miranda, cerrando el día con una colección que se sentía elegante, poderosa y completamente atemporal.
En su regreso a Bogotá Fashion Week, la diseñadora celebró 25 años de trayectoria con una propuesta llena de transparencias, capas, flecos y bordados que cobraban vida mientras las modelos caminaban.
Uno de los elementos que más llamó nuestra atención fueron los pillbox hats, una silueta que hemos visto regresar muchísimo últimamente.
La colección mezclaba perfectamente lo femenino con lo poderoso desde un lado mucho más relajado: faldas, camisas de botones, medias largas con tacones y una paleta dominada por negro, blanco y tonos neutros, donde poco a poco comenzaba a aparecer un rosado coral intenso casi llegando al rojo.
Y honestamente, fue un cierre perfecto para este último día.
Y si algo nos dejó esta edición de Bogotá Fashion Week, es la certeza de que el futuro de la moda también está en Latinoamérica.
Como latinos, a veces crecimos pensando que todo lo importante venía del extranjero, pero estas pasarelas nos recuerdan que aquí también hay diseño, visión, creatividad y propuestas capaces de emocionar, contar historias y construir identidad desde nuestra propia cultura.
La moda latinoamericana no necesita parecerse a nadie más para ser relevante. Y justamente ahí está su mayor fuerza.




